viernes, abril 21, 2006

SÍNODO DE DUENDES Y OTRAS HIERBAS



Por alguna antigua conjura o descuido, las cosas no salieron bien.
Los bosques albergaban diferentes barrios de elementales, que incluso solían mezclarse en la taberna fundada dentro del viejo roble. Justo al borde del arroyo. Estas tertulias duraban hasta que el sol doraba los campos, cuando los mortales salían a las faenas.
Ese era el momento más preciado.
Podían treparse a sus carretas y mezclarles los elementos de labranza, esconder los magros almuerzos, o peor, tomarse todo el hidromiel. Los humanos estaban acostumbrados a estas correrías, pero esta última, los enfurecía. Sabían que eran ellos.
Más como no podían verles, golpeaban el aire e insultaban al cielo y la tierra, muchas veces les maldecían a voz en cuello. Los pobres nunca supieron del poder de las palabras proferidas e ignoraban cuán vengativos podían ser estos seres.
En la vieja Irlanda, existen muchas leyendas sobre estos desafíos, que solían terminar bien. Un antiguo libro, resguardado en los sótanos de una vieja iglesia, ampara los más poderosos conjuros para librarse de ellos. Este de grimorio, data del principio de los tiempos. Fue guardado allí luego de un concilio entre humanos y elementales, que llegaron al acuerdo de no molestarse nunca más.
Pero este término abarca, para los seres mágicos, toda la eternidad y eso es demasiado tiempo. Y comenzaron a aburrirse.
También fueron muriendo los hombres que habían estado en aquel cónclave.
Existe por allí la historia de un mortal que los desafió. No es de fuente muy segura, pero el boca en boca la convirtió en tradicional cuento en las sobremesas.
Por azares de la omisión voluntaria, el nombre del protagonista, no trascendió. Inciertamente se sabe que vivía en uno de los condados del Oeste, muy cerca de la mágica taberna, en una finca también incierta.
El pobre tipo estaba cansado de las fechorías de los invisibles, que iban desde destaparlo en las frías noches, robarle todos los víveres hasta ponerlo en situaciones harto indecorosas cuando estaba trabajando. Esto fue así durante décadas.
En pocas palabras, lo habían tomado de punto, nunca se supo por qué.
Llegó el día en que nuestro irlandés, harto de tantas bromas macabras y risas sin rostro, planeó la venganza. En nuestra lengua castellana, algún sinónimo para venganza es resarcimiento, penitencia.
Por viejas artes heredadas de sus mayores, convocó a La Gran Ban Shee para exponerle el problema e intentar que fuera juez de la situación. Esta hada, en algunas ocasiones, muy especiales, fallaba a favor de los humanos.
La suerte estaba echada. Se convocó el gran sínodo.
Cada parte hizo su descargo, sabido es que los gnomos suelen tornarse desagradables si se los hostiga y arguyeron que el hombre lo hacía todo el tiempo, que había intentado incendiar la taberna, ahogarlos y miles de farsas más. Por un encanto, el desdichado irlandés perdió el habla, no pudiendo esgrimir su defensa.
La Gran Ban Shee, fue implacable. (Tampoco debemos olvidar que ella es del bando de los elementales).
Trece siglos han pasado.
Desde entonces la puerta de la taberna luce, en impecable piedra gris, la estatua de un labrador implorando piedad antes de su penitencia.




1 comentario:

Gustavo Tisocco dijo...

Original y bellísimo texto...
Un abrazo Gus.