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miércoles, febrero 11, 2009

DE CUANDO LAS HADAS HACEN TRAMPA ( Una leyenda celta)


Sabido es que las hadas son traviesas y celosas. No es necesario redundar en explicaciones conocidas por los mortales que estuvieron en contacto con ellas.
Te pueden colmar de regalos o hacer pasar muy malos ratos si no cumples con sus caprichos.
Toparse con alguna de ellas, (depende la especie), puede convertirse en lo más maravilloso que te haya sucedido, claro si te permiten contarlo.

O si te dejan la memoria para siquiera recordar quién eres.

Esto le sucedió a Morgan Petbach, habitante de un poblado muy pequeño al sur de Galway, allá cuando los Antiguos recién comenzaban a poblar Erín. Y se hizo famoso, puesto que hasta una taberna lleva su nombre.

Dicen los más viejos habitantes que Morgan solía pasear por el bosque en busca de presas que le sirvieran de alimento. Hemos de aclarar en este punto, que nuestro amigo descendía de pretéritos cazadores de la isla, famosos por la certeza de sus flechas.

Noviaba con Beth, hija de un zapatero del mismo pueblo, hacía algunos años. Tenían pensado casarse y tener varios hijos. Pero, como los tiempos eran difíciles, el casamiento se alejaba cada vez más. Pero ambos jóvenes eran pacientes y estaban enamorados.

Así que, un año más o dos años menos, no les importaba.

En una de sus salidas, nuestro buen Morgan, se adentró más de lo acostumbrado en el bosque. Las presas que divisó aquella mañana de invierno, eran inusualmente gigantescas. Ciervos con astas jamás vistas en su vida de cazador, jabalíes que mejor no tenerlos a dos metros, hasta divisó ganado que supuso perdido del corral de su dueño.

Cuando emprendió el regreso con sus alforjas vacías, el paisaje había cambiado. La vegetación se había cerrado de tal manera que le era imposible divisar el cielo. Una fría llovizna comenzó a diezmar sus fuerzas. Destaquemos aquí que los que narran esta historia, dicen que había olvidado el hidromiel en casa de Beth, por lo que no podía calentarse.

Caminó y caminó y caminó, hasta llegar a una apacible morada en medio de un claro. Humilde, protegida por un robledal añoso. Ya sin fuerzas, atinó a llegar a la puerta y golpear.

Grande fue su sorpresa cuando cinco viejecitas se presentaron ante él. Cada una más dulce y atenta. Lo hicieron pasar y lo cobijaron frente a una enorme chimenea. Cuando logró espantar el frío que lo aguijoneaba, le ofrecieron té y budines de todo tipo. Morgan, entrado ya en confianza, comió hasta el hartazgo.

Repuestas sus fuerzas, se despidió de las viejecitas para regresar junto a su amada Beth y a su pueblo. Fue en ese instante, cuando notó que la casita había trocado en un palacio de hielo y que las viejitas habían mudado en cinco hadas del hielo.

Altas, de fina figura, con negros ojos que lo traspasaban y voces aterradoras. Intentó huir, correr por donde había entrado, pero el té que había bebido lo tenía paralizado.

Estas hadas son muy peligrosas, puesto que toman cualquier forma para engañar a humanos desprevenidos y cocinan brebajes muy potentes.

Nada podía hacer Morgan, estaba a merced de una de las especies más oscuras de hadas. Notó que su piel comenzaba a amoratarse, tal como la de las hadas, que su cabello trocaba en blanco, tal como el de las hadas. Todo comenzó a dar vueltas, todo comenzó a congelarse aún más frente a su nariz. Que también había cambiado de forma.

Desesperado, invocó en silencio al Gran Mago Celeste, el único que podía romper el hechizo de estas certeras hadas.

Su invocación fue oída a tiempo. El invierno se convirtió en un especial día de verano, con un sol que quemó toda la vegetación circundante y derritió el palacio y con él, a sus funestas moradoras.

Cuando todo quedó yermo a su alrededor, Morgan, ya sin el hechizo, pudo divisar el camino de regreso.

Caminó y caminó y caminó sin parar, hasta llegar a su casa. Ya en su morada, la llovizna volvió a arreciar, pero él estaba a salvo.

En su casa, lejos del bosque, sin recordar nada y pensando, inexplicablemente para él, en no cazar nunca más.

Por lo menos en aquel bosque.

©Viviana Álvarez

domingo, febrero 01, 2009

AL VIEJO, IN MEMORIAN




Será que ahora miro las fotos del viejo y me veo en el espejo de sus rasgos. Nunca me dijo mi amor el viejo, ni me dio abrazos inolvidables, a su manera, parca y muda, él quería.
Nunca nos sentamos a tomar vino y gastar palabras, porque no dialogaba y los años le fueron endureciendo la mirada y un rictus mudó su risa.
Un día se murió el viejo y no pude despedirme, ni decirle (porque nunca gastamos palabras) que hoy me reflejo en las fotos que tengo guardadas.
Y sé que sabe, que a nuestra manera (un tanto desprolija) nos quisimos con el viejo.

©Viviana Álvarez

domingo, enero 18, 2009

DIVAGO MI NOMBRE.


¿Qué de mis huesos si hubiera olvidado mi nombre? ¿Dónde vagaría mi oquedad si las ventanas hubieran cerrado postigos? ¿Qué de mis parónimos si los libros no existieran?

Acaso talle hojas de molde y refranes en paredes que dejaron de mirarme. Quiera el sino, tal vez, que mi nombre se pegue a devaneos del camino y ruede por pendientes escabrosas.

Bienvenido el azar de esa fortuna.

Pues al morder fango y transitar oscuridad, vuelvo fortalecida. Y resuena entonces la propia voz con el propio nombre más afanoso. Y el lodo deviene en ópalo que me sostiene ante diluvios.

Y troca la oscuridad en luz e inunda los resquicios donde antes moraban fantasmas.

Que parten ante el fénix renaciente.

©Viviana Álvarez

DE CUANDO EL OLVIDO NO PUEDE.



Archivó a buen resguardo los dones recibidos. Pretendió ignorarlos en noches ebrias, cuando deambulaba por el mundo con sus pecados a cuestas.

Al interrogarlo sobre sus antiguas dotes, esgrimía excusas copiadas de novelas leídas de niño. Se escapaba por tangentes dudosas, para llegar al punto de partida.

Desconocía el motivo del hecho. Simulaba no darle importancia, más extrañaba aquello heredado de vaya a saber qué ancestro.

Este estado duró varias lunas. Y giró el universo y a cada giro, se impacientaba.

Adormecido en aquella mezcla de extrañez y olvido, se le presentó su maestro y lo llevó hasta su origen.

Desde esa noche, volvió a su misterioso halo, a su mística soledad, a beber sangre de la mano del olvido.

©Viviana Álvarez

domingo, noviembre 23, 2008

ORIGAMI



Entonces vio volar los pájaros de papel que había armado hacía un momento. En bandadas ocuparon el aire de su habitación. Dejó de importarle todo, cuando en alas de ellos, supo que el cielo no terminaba en el dedo índice.


©Viviana Álvarez